"BRATISLAVA" 

Bratislava, Eslovaquia, julio 93. Estaba ahí sentado, eran las doce y media, sostenía una pila de quince pasaportes entre mis manos. El aspecto de la Oficina para Extranjeros era medio lúgubre, una casona vieja con pasillos largos y techos altísimos. Estaba solo, sentado en un banco de madera despintado, y todos se habían ido a almorzar. Tenía un humor negro después de tres horas de espera, viendo cómo los empleados pasaban de un lado al otro, ignoraban mi presencia o me indicaban que esperara. Ahora tenía, por lo menos, una hora más por delante. Y si los tipos continuaban con su actitud, quién sabe cuánto tiempo tendría que dar vueltas por los pasillos. Me enfrentaba a los tristemente célebres burócratas del Este. A los dinosaurios vivientes del aparato. A los jerarcas del Partido. A todos los déspotas que ejercían su poder desde atrás de la Cortina de Hierro... Aunque ya corría el año 93, y los personajes de ese entonces figuraban como liberales. Si les preguntaba en alemán, me contestaban en ruso; si les preguntaba en ruso, me contestaban en eslovaco; si les preguntaba en inglés, me contestaban con una sonrisa socarrona y seguían su camino. Así había transcurrido toda la mañana, entre mis vanos intentos y las reiteradas negativas, a veces sutiles, a veces no tanto. De las seis o siete personas que me acompañaban al comienzo, ya no quedaba nadie. El siguiente debía ser yo, pero ahora, con la hora del almuerzo, el edificio entero pareció haber quedado desierto. Masticando bronca, empecé a recorrer los pasillos. Subí las escaleras, bajé las escaleras, me senté, seguí esperando. Revisé los pasaportes ­lo único que faltaba era que se perdiera alguno­ mientras tamborileaba nervioso sobre la tapa del primero de la pila. Miré el reloj: la una menos diez. Y nadie daba señales de vida. Subí las escaleras, recorrí el primer piso, bajé las escaleras, recorrí la planta baja, volví a sentarme en el mismo banco despintado. Los insulté a todos en todos los idiomas, conté una vez más la cantidad de pasaportes intenté tranquilizarme un poco. ¿Qué hacía yo sentado en esa oscura oficina, en un mediodía de Bratislava, con una pila de pasaportes, esperando a que algún funcionario se dignara a atenderme? No sé ahora, pero entonces uno necesitaba visa para ingresar a ese país. Y allí buscaba un sello para poder reingresar. ¿No se entiende? Lo que pasa es que yo estaba acompañando a una delegación de chicos que participaban en un festival de ajedrez. Y propuse que el día libre ­el día que no se jugaba ninguna partida­ hiciéramos un paseo a Viena. Como verán la propuesta tuvo bastante aceptación, y allí estaba yo con los quince pasaportes, buscando que de una vez por todas los sellaran, para poder ir a pasear a Viena el día libre y volver a Bratislava sin problemas en la frontera. Me parece que ahora la situación se entiende mejor: yo estaba allí, esperando, nervioso, mirando el reloj a cada rato, perdiendo poco a poco la paciencia. Incluso pensé en irme y suspender la excursión, pero era una verdadera pena, para mí y para el resto. Estar a una hora de Viena y no poder visitarla es para matarse, pensaba yo. Volví a pararme, recorrí la planta baja y el primer piso, bajé la escalera y vi a un empleado entrando a su oficina. Corrí detrás de él, dejé pasar unos segundos y golpeé la puerta. Salió con un maletín ­se ve que se había olvidado algo­ y con las dos manos hacia adelante, como atajándome, me indicó que siguiera esperando. Cerró con llave y se fue tranquilo por uno de los pasillos. Me derrumbé otra vez en el banco despintado. Nervioso, harto, casi furioso, con un nudo en el pecho y ganas de insultar al primero que apareciese. Sentía esa impotencia típica de las oficinas públicas, de los trámites interminables. Y fue en ese estado que recibí el mazazo. Un mazazo que aumentó mi angustia y le agregó un nuevo matiz. Mis quejas pasaron a ser reclamos de turista gordo y mi angustia se pareció mucho a la de quien ve cómo demora su postre en un restaurante. A partir de allí no sólo me sentí ignorado, sino que también tuve la sensación de ser un verdadero imbécil, un idiota. ¿De dónde salió ese tipo andrajoso? ¿Quién lo mandó a ese refugiado bosnio? ¿Por qué tuvo que acercarse a pedirme ayuda? ¿Cómo iba yo a sentirme, si él pedía comida y un lugar para dormir, mientras yo reclamaba que me sellaran los pasaportes para ir a Viena? Hubo que esperar un poco más. Cuando los representantes del aparato volvieron del almuerzo, pasamos juntos a la oficina. Por supuesto, primero atendieron al bosnio, atendieron su situación y lo derivaron a otro lado. Me saludó, me agradeció y se fue con uno de los encargados. Pasó otro rato y después sí sellaron mis pasaportes, pero casi no me importó. A partir de ese momento, cada trámite administrativo de mi vida es una doble tortura. Me hacen esperar, me ignoran, me piden requisitos imposible de cumplir. En definitiva, me tratan tan mal como a todo el mundo. Pero yo no puedo quejarme como todo el mundo porque se me viene a la mente el bosnio. 
                                                                       Mariano Grynszpan

Mariano Grynszpan fue uno de nuestros primeros invitados al Gran Torneo Abierto y Magistral de Puerto Madryn que organizamos en este bello pasiaje marino chubutense, hoy pletórico de turismo internacional, especialmente en la época de las ballenas que hacen fiestas y acrobacia en el golfo chubutense. Tenía sólo 10 años y ya asombraba en el país. Ganó nuestro primer infantil, antecesor de los festivales de Playa Unión, y, sobre todo, asombró cuando se enfrentó en exhibición pública con el Gran Maestro inglés Anthony Miles, uno de nuestros invitados junto a Lubomir Ljubojevic, Oscar Panno y Miguel Angel Quinteros. Luego, fue uno de nuestros protagonistas en los primeros años de los festivales juveniles de Playa Unión. Después fue Maestro Fide y entrenador de equipos nacionales. Hoy, escritor, traductor de inglés, alemán y ruso, y siempre gran ajedrecista, nos quiere retribuir esa amistad de años, con esta colaboración, de escritos y reflexiones de cuando viajó a la Polonia de sus ancestros con el conjunto juvenil e infantil argentino al Mundial Promocional. (J.L.)