Baguío con sus
historias del parapsicólogo Zukhar, los Ananda Marga y otros mentalistas, tenía tiempo
libre para el periodista, para el visitante y, aun, para los desafiantes del magno
encuentro. Y algo de política y ciancia oculta se entremezclaba con el cansino y amable
pueblo veraniego de los poderosos empresarios venidos a menos por la dictadura de Marcos.
Algunos ya no ejercían el poder que les dio el dinero: sus empresas habían sido
confiscadas y esperaban vengarse algún día. Se dedicaban entonces a apoyar la
parafernalia de sociedades secretas, místicas, o filantrópicas pues el dinero de los
buenos tiempos aún sobrevivía y fluía, no como antaño, pero sí como para impresionar
a un forastero. En grandes mansiones se seguía con ese fatuo trajinar de las clases altas
emparentadas con fuertes influencias políticas y culturas hegemónicas del mundo. La
tradición española anidaba tenuemente todavía en esos ambientes. Los apellidos nobles
se diferenciaban de los autóctonos tagalog. Sus nombres e idiomas, también.
Un periodista extranjero era, tal vez, una de las pocas
posibilidades de volver a las épocas de oro. Podían hacer conocer al mundo esa realidad
despojada sin escrúpulos y coartada en su expresión por el dictador.
Cuando Peachy Prieto se interesó por el match de ajedrez pensó
seguramente en que podrían volver tiempos mejores. Su accionar filantrópico me llevó a
conocer SPED. Era una escuela particular. Cien niños de buenas familias compartían sus
vidas escolares con otros cien minusválidos a quienes apadrinaban uno a uno. Los primeros
que conocí fueron los ciegos. Romi y Ramón me hicieron compartir sus tinieblas con la
benevolencia característica del filipino auténtico. Hablaban inglés a su estilo y nos
entendíamos a través de los maestros. Empezamos a enseñarles a jugar al ajedrez. Hubo
que hacer fabricar un tablero con piezas rugosas y lisas, con casillas en relieve. En poco
tiempo descubrieron la impresionante posibilidad de compartir un juego en idénticas
condiciones que sus compañeros padrinos. tanto gozaron esa nueva experiencia que en pocas
semanas todos sabían las reglas del juego y dedicaban sus largas horas a entenderlo
mejor.
Pero el grupo más
interesante fue el de los niños con deficiencias mentales. Los down eran una sociedad
especial en la escuela. El título de Special Education Center (SPED) provenía de los
sponsors de Stanford manejados por Peachy. Ella había supuesto que el ajedrez podía
tener algo que ver con ellos. Era una jugada en cierta forma arriesgada. Me propuso
conocerlos y enseñarles a jugar. Nadie perdía nada con ello y todos se dispusieron a
pleno con la nueva estrategia de enseñanza.
Anthony se detuvo fascinado por las piezas. Las agarraba
toscamente y las miraba embelesado. Pedro se las tiraba como piedras y él, que había
aprendido a pararlas dentro del tablero, las acomodaba tratando de ser prolijo. Otros se
disponían frente al juego imitando la postura del pensar. En poco tiempo estaban jugando
a su modo. Yo les había enseñado cómo mover. Al principio tenía que repetir una y otra
vez la misma lección. Les llevaba la mano hasta la casilla que cada pieza requería.
Baguio y el match daba su largo tiempo de ocio informativo y muchas horas las llenaba con
esa esperanza de que automatizaran sus movimientos y reconocieran las diferencias entre
las piezas. Chit Bulagay, la maestra del curso, nunca dudó en poner todo a mi
disposición. El entusiasmo de los chicos era lo principal.
Por entonces me
habían mostrado las dificultades que tenían en aprender los números. Pero en poco
tiempo sus adelantos eran notorios. Sus debilitados cerebros se movían a otro ritmo. Cada
día hacían una actividad provocadora. El ajedrez les permitía diseñar pequeños
objetivos y me daba cuenta de cómo impulsarlos. Yo hablaba en español, Peachy me
acompañaba con el inglés y Chit y Lolita, Victoria, Mary Ann y las demás maestras me
traducían al ilocano o al ilongo de los niños.
Jerry hablaba mejor, Ernesto ya elaboraba ideas. Pedro se
regocijaba con los números. June recordaba bien las canciones. Anthony , hasta me
pareció que sus ojos achinados tenían otra forma y fulgor. Pero una intrigante mirada
silenciosa me enfocaba todas las mañanas. Sin hablar nada, miraba lo que hacíamos. En un
momento le acerqué el brazo a tocar una pieza. Se sentó en mi pierna y pareció iluminar
su carita. Nunca habló, pero empezó a mover. Eran mis últimos días. Hablé
especialmente con Peachy y Chit. Ese chico había empezado a enfocar atención y debía
continuar luego de mi partida. Era una apuesta. Enrique era algo especial, y su rapidez me
llamaba la atención.
Cuando al final lo invité al Gran Maestro Michael Stean, quedó
gratamente sorprendido por lo que vio. Todos los niños sabían mover. Algunos, a su modo,
pero pudieron jugar con el ilustre inglés. Hicieron un certamen con toda la escuela.
Algunos les ganaron a sus padrinos. La fiesta de despedida fue inolvidable.
Tengo grabadas sus canciones, sus infantiles voces de despedida.
Algunos meses
después recibí la grata noticia de la recuperación total de Enrique. Ya no estaba en la
escuela. Las investigaciones, después de esos fulgores notados con el ajedrez,
descubrieron las razones de su mente agobiada y reticente a toda manifestación al
exterior. Durante tres años recibí cartitas de los chicos de SPED como éstas que me
emocionan transcribir textualmente: "Thank you for teaching me how to play chess. I
really enjoy the game. I miss you very much. Ernesto", o "Hello, Sir, Sorry to
tell you Enrique is not coming to school very regularly, he likes to play in the park
always. I often see Mrs.Peachy. do have company in your house? do you have day and night
the same here in Philipines? I love you. Pedro." O "Hi sir, know what? I love
you like I love chess. Please send a picture of you inside your apartment o.k.? I love
you, Anthony" Y las escribíam ellos, de su puño y letra! Y con una caligrafía
notable para sus edades infantiles! El ajedrez les había potenciado sus habilidades:
ellos y Chit estaban felices y orgullosos de sus aprendizajes.
Otra vez comentaré algunos análisis de esta experiencia, junto
a las interpretaciones del filósofo alemán Manfred von Keyserling, un personaje más en
esta historia.