LOS NIÑOS DE FILIPINAS

     Filipinas y el match mundial del 78, entre Karpov y Korchnoi, eran el marco propicio para conocer una distinta cultura y un ámbito diferente al de las grandes ciudades. Naturaleza exhuberante y una cultura aborígen pintarrajeada de invasión norteamericana que había casi arrasado con tradicionales formas de vivir en 50 años. El progreso y la satisfacción de necesidades modernas había hecho sucumbir ancestrales modos de vida y sociedad.
      En ese marco de inusual contrapunto, el match era eje de varias controversias. Lo que primero impresionaba era la cantidad de misticismo que en Baguío se daba cita; la sede elegida del match, parecía tener una significación especial. De hecho, el encuentro no carecía de cierto afán de búsquedas paranormales : el ajedrez ya había tenido su relación con ello. Tal como me lo había insinuado Max Euwe en su visita a Buenos Aires para la confirmación de la Argentina, sede Olímpica del 78, ya en Belgrado habían sucedido extrañas influencias. Rayos gamma las denominó, el anciano presidente de la FIDE en nuestra entrevista del Sheraton. Traduje inmediatamente sus interpretaciones. ¿Qué podía entender de misterios de la mente humana y su manipulación, el excampeón mundial? Algo tenía que pasar en Filipinas.

     Baguío con sus historias del parapsicólogo Zukhar, los Ananda Marga y otros mentalistas, tenía tiempo libre para el periodista, para el visitante y, aun, para los desafiantes del magno encuentro. Y algo de política y ciancia oculta se entremezclaba con el cansino y amable pueblo veraniego de los poderosos empresarios venidos a menos por la dictadura de Marcos. Algunos ya no ejercían el poder que les dio el dinero: sus empresas habían sido confiscadas y esperaban vengarse algún día. Se dedicaban entonces a apoyar la parafernalia de sociedades secretas, místicas, o filantrópicas pues el dinero de los buenos tiempos aún sobrevivía y fluía, no como antaño, pero sí como para impresionar a un forastero. En grandes mansiones se seguía con ese fatuo trajinar de las clases altas emparentadas con fuertes influencias políticas y culturas hegemónicas del mundo. La tradición española anidaba tenuemente todavía en esos ambientes. Los apellidos nobles se diferenciaban de los autóctonos tagalog. Sus nombres e idiomas, también.
     Un periodista extranjero era, tal vez, una de las pocas posibilidades de volver a las épocas de oro. Podían hacer conocer al mundo esa realidad despojada sin escrúpulos y coartada en su expresión por el dictador.
     Cuando Peachy Prieto se interesó por el match de ajedrez pensó seguramente en que podrían volver tiempos mejores. Su accionar filantrópico me llevó a conocer SPED. Era una escuela particular. Cien niños de buenas familias compartían sus vidas escolares con otros cien minusválidos a quienes apadrinaban uno a uno. Los primeros que conocí fueron los ciegos. Romi y Ramón me hicieron compartir sus tinieblas con la benevolencia característica del filipino auténtico. Hablaban inglés a su estilo y nos entendíamos a través de los maestros. Empezamos a enseñarles a jugar al ajedrez. Hubo que hacer fabricar un tablero con piezas rugosas y lisas, con casillas en relieve. En poco tiempo descubrieron la impresionante posibilidad de compartir un juego en idénticas condiciones que sus compañeros padrinos. tanto gozaron esa nueva experiencia que en pocas semanas todos sabían las reglas del juego y dedicaban sus largas horas a entenderlo mejor.

     Pero el grupo más interesante fue el de los niños con deficiencias mentales. Los down eran una sociedad especial en la escuela. El título de Special Education Center (SPED) provenía de los sponsors de Stanford manejados por Peachy. Ella había supuesto que el ajedrez podía tener algo que ver con ellos. Era una jugada en cierta forma arriesgada. Me propuso conocerlos y enseñarles a jugar. Nadie perdía nada con ello y todos se dispusieron a pleno con la nueva estrategia de enseñanza.
     Anthony se detuvo fascinado por las piezas. Las agarraba toscamente y las miraba embelesado. Pedro se las tiraba como piedras y él, que había aprendido a pararlas dentro del tablero, las acomodaba tratando de ser prolijo. Otros se disponían frente al juego imitando la postura del pensar. En poco tiempo estaban jugando a su modo. Yo les había enseñado cómo mover. Al principio tenía que repetir una y otra vez la misma lección. Les llevaba la mano hasta la casilla que cada pieza requería. Baguio y el match daba su largo tiempo de ocio informativo y muchas horas las llenaba con esa esperanza de que automatizaran sus movimientos y reconocieran las diferencias entre las piezas. Chit Bulagay, la maestra del curso, nunca dudó en poner todo a mi disposición. El entusiasmo de los chicos era lo principal.

     Por entonces me habían mostrado las dificultades que tenían en aprender los números. Pero en poco tiempo sus adelantos eran notorios. Sus debilitados cerebros se movían a otro ritmo. Cada día hacían una actividad provocadora. El ajedrez les permitía diseñar pequeños objetivos y me daba cuenta de cómo impulsarlos. Yo hablaba en español, Peachy me acompañaba con el inglés y Chit y Lolita, Victoria, Mary Ann y las demás maestras me traducían al ilocano o al ilongo de los niños.
     Jerry hablaba mejor, Ernesto ya elaboraba ideas. Pedro se regocijaba con los números. June recordaba bien las canciones. Anthony , hasta me pareció que sus ojos achinados tenían otra forma y fulgor. Pero una intrigante mirada silenciosa me enfocaba todas las mañanas. Sin hablar nada, miraba lo que hacíamos. En un momento le acerqué el brazo a tocar una pieza. Se sentó en mi pierna y pareció iluminar su carita. Nunca habló, pero empezó a mover. Eran mis últimos días. Hablé especialmente con Peachy y Chit. Ese chico había empezado a enfocar atención y debía continuar luego de mi partida. Era una apuesta. Enrique era algo especial, y su rapidez me llamaba la atención.
     Cuando al final lo invité al Gran Maestro Michael Stean, quedó gratamente sorprendido por lo que vio. Todos los niños sabían mover. Algunos, a su modo, pero pudieron jugar con el ilustre inglés. Hicieron un certamen con toda la escuela. Algunos les ganaron a sus ‘padrinos’. La fiesta de despedida fue inolvidable. Tengo grabadas sus canciones, sus infantiles voces de despedida.

     Algunos meses después recibí la grata noticia de la recuperación total de Enrique. Ya no estaba en la escuela. Las investigaciones, después de esos fulgores notados con el ajedrez, descubrieron las razones de su mente agobiada y reticente a toda manifestación al exterior. Durante tres años recibí cartitas de los chicos de SPED como éstas que me emocionan transcribir textualmente: "Thank you for teaching me how to play chess. I really enjoy the game. I miss you very much. Ernesto", o "Hello, Sir, Sorry to tell you Enrique is not coming to school very regularly, he likes to play in the park always. I often see Mrs.Peachy. do have company in your house? do you have day and night the same here in Philipines? I love you. Pedro." O "Hi sir, know what? I love you like I love chess. Please send a picture of you inside your apartment o.k.? I love you, Anthony" Y las escribíam ellos, de su puño y letra! Y con una caligrafía notable para sus edades infantiles! El ajedrez les había potenciado sus habilidades: ellos y Chit estaban felices y orgullosos de sus aprendizajes.
     Otra vez comentaré algunos análisis de esta experiencia, junto a las interpretaciones del filósofo alemán Manfred von Keyserling, un personaje más en esta historia.