Enseñar Ajedrez ¿Para qué? (1)

Con  estos  relatos  o  anécdotas  me propongo compartir experiencias que demuestran,  por  lo  menos  en  hipótesis, la  validez  de la enseñanza del ajedrez empleada como  herramienta  transformadora  de  conocimientos, de  la  forma de manejar el intelecto  y de la conducta. Tal vez puedan sugerir actitudes similares a las expuestas. INFORME R. I. (la  historia  es  real  y  ocurrió  en  Rawson,  desde  julio  de 1992  hasta   diciembre   de   ese  año.  Preservo  sólo  el  nombre del  protagonista  por  razones éticas) El cuadro de situación. La  propuesta  de  encarar  acciones  de  apoyo  a  personas  con  causa  penal tiene  algunos  antecedentes   que   habiéndolos   mencionado  esporádicamente  sirvieron de  base  al  equipo  de  Mauricio  Minor (Asistente Social, especialista en minoridad en  riesgo, avalado  en  el  presente  caso  por  la  jueza de menores de Trelew, Sra. M.  Calderwood de Corneo) para el tratamiento de un caso singular. RI  es  un  muchacho  con  un  cuadro particular, inteligente, de fuerte carácter que  necesita  pasar  sus  horas, en  la  comisaría  de Rawson, luego de su traslado desde  la  Alcaidía  de  Trelew, lo  más  apaciguado  posible, mientras  se  desarrollan las  instancias de sus causas penales en la justicia.  Tenía  un  grueso  prontuario. Del  peor  calibre,  tal  vez  para  la  Justicia.  Es  beneficiado  con  un  tratamiento de apoyo y se propone al suscripto una colaboración  en  tal  sentido, para  avalar sus posibilidades de reinserción social y apaciguar de  alguna forma sus excesos de carácter en prisión. La personalidad de RI. Al  comenzar  las  sesiones,  mis  apreciaciones  fueron  las  descriptas  por  Minor  en  cuanto  a  sus  padecimientos, sentimientos  contradictorios y aspiraciones de un  chico  de  18 años, con presencia de persona instruída, charlatán, demasiado enfático  y, en cierta forma, con una cuota de agresividad y controversia superlativas.  Varios  años  en  la  calle, de  padres separados, hijo abandonado por la madre y con  compañías dudosas. Sin  embargo, la  primera  visita  se  desarrolló con la presencia  de Minor y, supuestamente preparada de antemano, con mucho interés por aprender.  Como suele ser normal, dada  mi experiencia con reclusos de la Unidad 6, la actividad de aprendizaje  se  minimiza  ante  el deseo de confrontar apenas se sabe algo más y,  luego, se  impone  pasar  a  la charla sobre aspectos relacionados con su situación o  con  hechos  de  su  vida  anterior  al encarcelamiento. En el caso de RI se suscitó,  inmediatamente   después   de  comprobar  elementales  conocimientos  del  juego,  la  necesidad  de  relatar  innumerables  experiencias  de  sus  vivencias  en  distintos  ámbitos  cercanos  al  delito. Sus  relatos, en  muchos  casos, me parecieron rayanos  en la fantasía, aunque  los  escuché  muy  interesado, tratando de cotejarlos con las  posibilidades  reales  de  que, así  como  eran  contados, pudiesen ser efectivamente  ciertos. Parecía querer impresionarme. Su  juego  de  ajedrez  era  más  que elemental, pero con rasgos de concebir fórmulas  simples  de  jaque mate de gran valor. Me relató que había jugado algunas partidas en  anteriores  unidades  donde  estuvo alojado y que le habían enseñado el movimiento de  las  piezas  en  su  detención. Sus  maneras  de empezar eran las de un niño que sólo  sabe  el  movimiento  de  piezas, el  mate Pastor o el mate de dama en h7 apoyada con  un  alfil  o  un  caballo. Observé  variabilidad  en  la  ejecución  de  estos planes  agresivos, descuidando  totalmente  su  rey  y  la  pérdida  de  piezas, por  lo  que  concebí la falta total de sujeción a reglas estratégicas.  Sólo  tenía  un  reducido  repertorio  de  situaciones tácticas ejecutadas sin ningún  reparo en las pérdidas que ese accionar le costaban. El planteo de enseñanza. La  clase  inicial  tenía  como  motivación  fundamental la expectativa creada por el  señor  Minor, a  cargo  de  su  contención  en el tiempo de espera de una decisión de  la Justicia.  Estaba  fundada  más  en  la  posibilidad  de tener visita y "matar" de alguna manera  el  tiempo  de  ocio. Las  primeras explicaciones sobre el porqué de sus jugadas eran  increíblemente  insólitas  por  lo  desgajadas  de la realidad. Después de la primera  clase  decidí  darle  ejercicios  elementales  para  entusiasmar a la continuidad. Le  dí  resoluciones  de  problemas  que  lo  tuvieran  ocupado  durante la semana y esto  también  contribuiría  a  evaluar  algunos  mecanismos de su pensamiento tan original  y controvertido, por medio del examen de sus respuestas ajedrecísticas. Para  comprobar  si  su  interés  de  aprender  se  sostenía, le  regalé  un libro de  enseñanza  elemental  (el del francés  Nicolás  Giffard, Ed. Atlántida) con el fin de  que  leyera  algunas  reglas. Esto  también  motivó  a  que  le  enseñara  el sistema  algebraico de notación. Al  mismo  tiempo, le  suministré apuntes iniciales de cursos  para niños con el fin de comprobar cuál elemento  prefería para su nivel de educación  y  mentalidad. Para  la  segunda  clase, una semana después, y ya sin la presencia de  Minor, había  leído  gran  parte  del libro, lo  cual  me  sorprendió  gratamente. En  esta  oportunidad, entre  sus  charlas, me  prestó  su cuaderno de poesías y me habló  de  sus  logros  en  la escuela primaria en relación a su facilidad de estudio (luego  descubrí  que   tenía  sólo  primer  año  secundario  incompleto).  En  esta  segunda  visita  me  prestó  varios  poemas  que  había escrito, lo que evalué como importante  desde el punto de vista de ganar su confianza para seguir en el esquema trazado. Desde  el  primer  momento  sostuve  el  aprendizaje  hablando  de las cualidades que  mostraba  y  de  cómo  mejorar  su  nivel. Todo  esto, en  relación  con principios y  formas  que  en  el  ajedrez  simbolizan comportamientos transferibles a todo tipo de  pensamiento y actividad.  Mi  hipótesis  de  trabajo  fue  que  si  él  lograba  percibir el valor de las leyes  estratégicas  y aplicaba su incipiente pero clara fuerza táctica, podría internalizar  ese  mismo  aprendizaje  con  el  fin  de  adaptarse  a  normas  que solucionaran sus  dificultades  de  convivencia con el medio social. Además, que suponía que el ajedrez  podría instruir  a su mente sobre la percepción del dosaje de sus pulsiones agresivas  y la  sublimación  de  ciertos  comportamientos  controvertidos  para  los demás. Más  cercanamente,  para  con  los  policías,  los  jueces  y  el  personal  de  apoyo  de  Minoridad o Salud que eran sus contenedores directos. Mi  tesis  era  no  dejarme  ganar  nunca.  Primero, para alejarlo de metas fáciles y  vislumbrar  su  construcción de voluntad mediante hábitos de persistencia; y segundo,  para  dejarle, con  naturalidad, percibir sus adelantos involucrándose en un esfuerzo  largo, que  llevaría  su  tiempo. Para  ello, debía  solicitar  que  el entusiasmo no  declinara, aun  si  para ello, el tiempo disponible fuese empleado en charlas u otros  entretenimientos. En  varias  oportunidades,  sus  desencantos  respecto  de la resolución de su estado  judicial  o  sus  permanentes  sentimientos  semiparanoicos  hicieron  tambalear este  armado. A  pesar  de  su  altanería  y  autosuficiencia  inicial,  fue  aceptando,  aunque  a  regañadientes,  cada  principio basal en el ajedrez. La necesidad de enrocar antes de  iniciar un ataque, de empezar por el centro y de sacar caballos antes que otras piezas  fueron  aceptadas  no  sin  esfuerzos. Comenzó  lentamente a postergar sus habituales  pulsiones  tácticas  de  agresividad desordenada, hasta tanto no tuviera realizado un  armado  estratégico  mínimo  de  la  posición, lo que me comprobaba la posibilidad de  certeza en la hipótesis de transferencia. Por entonces, me relataba hechos delictivos  en  los  que  había  participado como protagonista e inmediatamente reflexionaba "que  eso  era  antes"  "que   ya   había   comprendido   su  inutilidad"  y  otras  frases  autoreivindicatorias. Un  ejemplo  muestra este aspecto: Jugamos varias veces esta posición o similares con  variantes del mismo tema: 1. e4 d5 2. exd5 Dxd5 3. Cc3 Dc6 (la primera vez calculó que  sacaría el  alfil y podría comerme en g2 ganando la torre) 4. Ab5 . No bastó una sóla  vez para advertir el problema de la clavada, lo que demuestra la dificultad que tenía  en aceptar la opinión del otro. Para manejar independientemente su habilidad y gusto táctico le dejé varias series de  problemas de táctica  para solucionar, comprobando posteriormente que los solucionaba  con idoneidad aunque en forma desprolija. Es decir, mantenía las ideas clave, pero la  ejecución era habitualmente considerando al oponente sin sus mejores posibilidades de  defensa. Esto es  habitual  en  el pensamiento ajedrecístico principiante, que piensa  mucho más  en  lo  que él puede hacer sin preocuparse demasiado en la oposición a sus  planes. Pero, en algunos problemas, su solución era sorprendentemente rápida y eficaz.  Como si tuviera  una inspiración destelleante y fugaz en algunos momentos, totalmente  fuera del nivel  perceptible  en  las partidas. Pensé que esto podría reflejar cierta  capacidad de "pensar y  resolver bien" en situaciones donde no existiera el conflicto  de la oposición (la vida, el  entorno  social) y, por el contrario, no poder resolver  adecuadamente en  situaciones  integrales (la partida) cuando se hallaba en situación  expuesta.  Tras  las  primeras  semanas,  mantenía  una ilusión de ganarme, lo que yo asociaba a  algunos  "delirios"  de  sus  comportamientos ajedrecísticos corroborados con los que  él me  reflejaba  a  través  de los relatos de su niñez y adolescencia. Estos relatos  estaban  proyectados  a  expectativas  desmedidas  de su vida y aspiraciones futuras,  por  lo  que  deduje  que  tenían  que ver con los excesos de sus expectativas que lo  llevaron  a  cometer  robos y otros desmanes anteriormente. Pero esto mismo, pensaba,  que era  incentivo para la continuidad, por lo que se me ocurrió jugarle una apuesta:  si  me  ganaba, aunque  fuera en los próximos seis meses (debía darle una expectativa  que  diera  tiempo  al  progreso), le haría el regalo que él pidiese. Me dio a elegir  entre  un  par  de  botas, una computadora o una chica!, lo que acepté seguro (!?) de  cumplir con el cometido. Las  primeras  partidas  eran  como  la  que  sigue:  él  prefiriendo las negras pues  "astutamente"  especulaba  con  verme  primero  las  cartas (como  en  el truco) para  luego  obrar  en  consecuencia.  Más  tarde  aproveché  para  enseñarle  (como  en el  truco)  que  ser  mano  gana  cuando  se  emparda  el  envido y jugar con las blancas  significaba una ventaja que aún no podía percibir.  1.e4 e5 2.Cf3 Ac5 3. Cc3 Dh4 4.Cxh4 y seguía hasta el mate. El  aprendizaje  siguió su curso, con las características apuntadas. Su evolución era  palpable  y  lograba  transferir una especie de serenidad tanto a sus partidas como a  sus conductas. El tratamiento por parte de la sicóloga me contaba que era ya aceptado,  que  los  policías  ya  compartían  algunos  juegos  con él en la celda. Los informes  posteriores  de  la  jueza  de  menores  fueron cada vez más positivos respecto de su  posibilidad  de  libertad. Se detectó a su madre en otra provincia y sus expectativas  aumentaron. Su  ajedrez  evolucioné  en paralelo y muy rápido. Veía que aceptaba leer  partidas con las instrucciones, mecanismos  y  secuencias sugeridas por mí y lo hacía  con gusto.  Luego  de  varios trámites, hacia fin de año y dos visitas de la madre a quien habían  logrado detectar los servicios de Justicia, los jueces convinieron en su externación.  Le habían  prometido salir para las Fiestas. El ajedrez había cumplido su parte en la  trayectoria de este pibe. Yo  hacía  varias  semanas  que, ocupado con exámenes en el  colegio no lo frecuentaba. Fue  una  sorpresa  mayúscula, cuando, pocos días antes de  Navidad, me  golpearon  a  la  puerta y  vi su imagen desafiadora frente a mí, aunque  llena  de  serena a legría. Quería despedirse, contarme que le habían dejado libre! Y  también  despedirse jugando al ajedrez su última partida. No dijo nada de su apuesta,  sólo quería agradecer jugando, simplemente.  Transcribo  aquí  la  partida que jugamos. Podrán ver en ella su progreso, su calma e  inteligencia despiertas en todo este trayecto de casi 5 meses. Fue un gusto compartir  con él la merienda y este sugerente juego: Blancas: RI Negras: Jorge Laplaza  Rawson 18 Diciembre de 1992 1.e4 c5 2.Ac4 e6 3.Cc3 Cc6 4.Cf3 d6 5.d3 Cf6 6.Ag5 Ae7 7.O-O O-O 8.De2 a6  9.d4 cd4 10.Cd1 b5 11.Ad3 Ab7 12.c3 dc3 13.Cc3 h6 14.Ah4 Cg4 15.Ae7 De7  16.Tad1 Cge5 17.De3 Cf3 18.Df3 Ce5 19.De3 Cd3 20.Td3 Tfd8 21.Db6 Tac8  22.e5 ( Un acto de riesgo, como los de antes, pero seguramente difícil de  prever su contundente refutación.) 22...de5 23.Tfd1 Td3 24.Td3 b4 25.Ce2 Dg5  26.Td1 Dg2    0-1     Jugada  sin  reloj,  debe  haber  sido  una  de mis más satisfactorias partidas jamás  jugadas. La  evolución  de  las  blancas  en  tan poco tiempo era notoria. Tanto, que  si  se  tratara  de  un  ajedrecista  podría  proponerle  un futuro de maestro en muy   poco tiempo más. Pero era claro que RI no se dedicará al ajedrez.  El protagonista de esta historia vive actualmente en algún lugar del país.  Sólo  espero  enterarme  alguna  vez  de  algún  logro  en su vida y de que aún gusta  del ajedrez, que colaboró en su cambio.